miércoles, febrero 04, 2009

Caza de brujas

Leyendo el ya recomendado libro de Carl Sagan, "El mundo y sus demonios" me encuentro una referencia a un fragmento de una obra de Friedrich von Spee, un jesuíta que retrata la forma de actuar de la iglesia-estado en la alemania del siglo XVII en los casos de brujería. Un buen ejemplo de lo que puede llegar a pasar cuando se mezcla el poder con la sinrazón.

1. Por increíble que parezca, entre nosotros, alemanes, y
especialmente (me avergüenza decirlo) entre católicos, hay supersticiones
populares, envidia, calumnias, maledicencias, insinuaciones y similares que,
al no ser castigadas ni refutadas, levantan la sospecha de brujería. Ya no Dios
o la naturaleza, sino las brujas son las responsables de todo.

2. Así, todo el mundo clama para que los magistrados investiguen a
las brujas... a quienes sólo el chisme popular ha hecho tan numerosas.

3. Los príncipes, en consecuencia, piden a sus jueces y consejeros que
abran los procesos contra las brujas.

4. Los jueces apenas saben por dónde empezar, ya que no tienen
evidencias [indicia] ni pruebas.

5. Mientras tanto, la gente considera sospechoso este retraso; y un
informador u otro convence a los príncipes a tal efecto.

6. En Alemania, ofender a estos príncipes es un serio delito; hasta los
sacerdotes aprueban lo que pueda complacerles sin preocuparse de quién ha
instigado a los príncipes (por muy bien intencionados que sean).

7. Al final, por tanto, los jueces ceden a sus deseos y consiguen
empezar los juicios.

8. Los jueces que se retrasan, temerosos de verse involucrados en
asunto tan espinoso, reciben un investigador especial. En este campo de
investigación, toda la inexperiencia o arrogancia que se aplique a la tarea se
considera celo de la justicia. Este celo también se ve estimulado por la
expectativa de beneficio, especialmente para un agente pobre y avaricioso con
una familia numerosa, cuando recibe como estipendio tantos dólares por
cabeza de bruja quemada, además de las tasas incidentales y gratificaciones
que los agentes instigadores tienen licencia para arrancar a placer de aquellos
a los que convocan.

9. Si los desvaríos de un demente o algún rumor malicioso y ocioso
(porque no se necesita nunca una prueba del escándalo) señalan a una pobre
mujer inofensiva, ella es la primera en sufrir.

10. Sin embargo, para evitar la apariencia de que se la acusa
únicamente sobre la base de un rumor, sin otras pruebas, se obtiene una cierta
presunción de culpabilidad al plantear el siguiente dilema: o bien ha llevado
una vida mala e impropia, o bien ha llevado una vida buena y propia. Si es
mala, debe de ser culpable. Por otro lado, si su vida ha sido buena, es igual de
condenable; porque las brujas siempre simulan con el fin de aparecer
especialmente virtuosas.

11. En consecuencia, se encarcela a la vieja. Se encuentra una nueva
prueba mediante un segundo dilema: tiene miedo o no lo tiene. Si lo tiene
(cuando escucha las horribles torturas que se utilizan contra las brujas), es una
prueba segura; porque su conciencia la acusa. Si no muestra temor (confiando
en su inocencia), también es una prueba; porque es característico de las brujas
simular inocencia y llevar la frente alta.

12. En caso de que éstas fueran las únicas pruebas, el investigador
hace que sus detectives, a menudo depravados e infames, hurguen en su vida
anterior. Esto, desde luego, no puede hacerse sin que aparezca alguna frase o
acto de la mujer que hombres tan bien dispuestos puedan torcer o distorsionar
para convertirlo en prueba de brujería.

13. Todo aquel que le desee mal tiene ahora grandes oportunidades de
hacer contra ella las acusaciones que desee; y todo el mundo dice que las
pruebas contra ella son consistentes.

14. Y así se la conduce a tortura, a no ser, como sucede a menudo, que
sea torturada el mismo día de su arresto.

15. En esos juicios no se permite a nadie tener abogado ni cualquier
medio de defensa justa porque la brujería se considera un delito excepcional
[de tal enormidad que se pueden suspender todas las normas legales de
procedimiento], y quien se atreve a defender a la prisionera cae bajo sospecha
de brujería personalmente... así como los que osan expresar una protesta en
estos casos y apremian a los jueces a ejercitar la prudencia, porque a partir de
entonces reciben el calificativo de defensores de la brujería. Así que todo el
mundo guarda silencio por miedo.

16. A fin de que pueda parecer que la mujer tiene una oportunidad de
defenderse a sí misma, la llevan ante el tribunal y se procede a leer y examinar
—si se puede llamar así— los indicios de su culpabilidad.

17. Aun en el caso que niegue esas acusaciones y responda
adecuadamente a cada una de ellas, no se le presta atención y ni siquiera se
recogen sus respuestas; todas las acusaciones retienen su fuerza y validez, por
muy perfectas que sean las respuestas. Se le ordena regresar a la prisión para
pensar más detenidamente si persistirá en su obstinación... porque, como ha
negado su culpabilidad, es obstinada.

18. Al día siguiente la vuelven a llevar fuera y escucha el decreto de
tortura, como si nunca hubiera rechazado las acusaciones.

19. Antes de la tortura, sin embargo, la registran en busca de
amuletos; le afeitan todo el cuerpo y le examinan sin moderación hasta esas
partes íntimas que indican el sexo femenino.

20. ¿Qué tiene eso de asombroso? A los sacerdotes se los trata del
mismo modo.

21. Cuando la mujer ha sido afeitada y examinada, la torturan para
hacerle confesar la verdad, es decir, para que declare lo que ellos quieren,
porque naturalmente no hay otra cosa que sea ni pueda ser la verdad.

22. Empiezan con el primer grado, es decir, la tortura menos grave.
Aunque dura en exceso, es suave comparada con las que seguirán. Así, si
confiesa, ¡dicen que la mujer ha confesado sin tortura!

23. Ahora bien, ¿qué príncipe puede dudar de su culpabilidad cuando
le dicen que ha confesado voluntariamente sin tortura?

24. La condenan pues a muerte sin escrúpulos. Pero la habrían
ejecutado aunque no hubiese confesado; porque, en cuanto la tortura ha
empezado, la suerte ya está echada; no puede escapar, tiene que morir a la
fuerza.

25. El resultado es el mismo tanto si confiesa como si no. Si confiesa,
su culpa es clara: es ejecutada. Cualquier retractación es en vano. Si no
confiesa, la tortura se repite: dos, tres, cuatro veces. En delitos excepcionales,
la tortura no tiene límite de duración, severidad o frecuencia.

26. Si, durante la tortura, la vieja contorsiona sus facciones con dolor,
dicen que se ríe; si pierde el sentido, que se ha dormido o está bajo un hechizo
aletargador. Y, si está aletargada, merece ser quemada viva, como se ha hecho
con alguna que, aunque torturada varias veces, no decía lo que los
investigadores querían.

27. E incluso confesores y curas afirman que murió obstinada e
impenitente; que no se convirtió ni abandonó su íncubo, sino que mantuvo su
fe en él.

28. Sin embargo, si muere bajo tanta tortura, dicen que el diablo le
rompió el cuello.

29. Después de lo cual el cadáver es enterrado debajo del patíbulo.

30. Por otro lado, si no muere bajo tortura y si algún juez
excepcionalmente escrupuloso no osa torturarla más sin mayores pruebas o
quemarla sin confesión, la mantienen en la cárcel y la encadenan con la
máxima dureza para que se pudra hasta que ceda, aunque pueda pasar un año
entero.

31. La acusada no puede liberarse nunca. El comité investigador
caería en desgracia si absolviera a una mujer; una vez arrestada y con cadenas,
tiene que ser culpable, por medios justos o ilícitos.

32. Mientras tanto, sacerdotes ignorantes y testarudos acosan a la
desgraciada criatura a fin de que, sea cierto o no, se confíese culpable; de no
hacerlo así, dicen, no puede ser salvada ni participar en los sacramentos.

33. Sacerdotes más comprensivos o cultos no la pueden visitar en la
cárcel para evitar que le den consejo o informen a los príncipes de lo que
ocurre. Lo más temible es que salga a la luz algo que demuestre la inocencia
de la acusada. Las personas que intentan hacerlo reciben el nombre de
perturbadores.

34. Mientras la mantienen en prisión y bajo tortura, los jueces
inventan astutos mecanismos para reunir nuevas pruebas de culpabilidad con
el fin de declararla culpable de modo que, al revisarse el juicio, algún
facultativo universitario pueda confirmar que debía ser quemada viva.

35. Hay jueces que, para aparentar una escrupulosidad suprema, hacen
exorcizar a la mujer, la transfieren a otra parte y la vuelven a torturar para
romper su aletargamiento; sí mantiene silencio, entonces al menos pueden
quemarla. Ahora bien, en nombre del Cielo, me gustaría saber: si tanto la que
confiesa como la que no perecen del mismo modo, ¿cómo puede escapar
alguien por inocente que sea? Oh mujer infeliz, ¿por qué has concebido
esperanzas a la ligera? ¿Por qué, al entrar en la cárcel, no admitiste en seguida
lo que ellos querían? ¿Por qué, mujer insensata y loca, deseaste morir tantas
veces cuando podrías haber muerto sólo una? Sigue mi consejo y, antes de
soportar todos estos males, di que eres culpable y muere. No escaparás,
porque sería una desgracia catastrófica para el celo de Alemania.

36. Cuando, bajo la tensión del dolor, la bruja ha confesado, su
situación es indescriptible. No sólo no puede escapar, sino que también se ve
obligada a acusar a otras que no conoce, cuyos nombres con frecuencia ponen
en su boca los investigadores o sugiere el ejecutor, o son los que ha oído como
sospechosas o acusadas. Éstas a su vez se ven forzadas a acusar a otras, y ésas,
a otras, y así sucesivamente: ¿quién puede dejar de ver esto?

37. Los jueces deben suspender esos juicios (e impugnar así su
validez) o quemar a su familia, a ellos mismos y a todos los demás; porque
todos, antes o después, son acusados falsamente; y, tras la tortura, siempre se
demuestra que son culpables.

38. Así, finalmente, los que al principio clamaban con mayor fuerza
para alimentar las llamas se ven ellos mismos implicados, porque no atinaron
a ver que también les llegaría el turno. Así el Cielo castiga justamente a los
que con sus lenguas pestilentes; se crearon tantas brujas y enviaron a la
hoguera a tantas inocentes...